Le Monde des religions, septiembre-octubre de 2006 —
El Evangelio de Judas fue el éxito de ventas internacional del verano(1). Un destino extraordinario para este papiro copto, desenterrado de las arenas tras diecisiete siglos de olvido, cuya existencia se conocía hasta entonces solo a través de la obra de San Ireneo contra las herejías (180). Se trata, por tanto, de un importante descubrimiento arqueológico(2). Sin embargo, no ofrece ninguna revelación sobre los últimos momentos de la vida de Jesús, y hay pocas probabilidades de que este pequeño libro «conmueva a la Iglesia», como proclama la editorial en la contraportada.
En primer lugar, porque el autor de este texto, escrito a mediados del siglo II, no es Judas, sino un grupo gnóstico que atribuyó la historia al apóstol de Cristo para darle mayor significado y autoridad (una práctica común en la Antigüedad). En segundo lugar, porque desde el descubrimiento de Nag Hammadi (1945), que desenterró una auténtica biblioteca gnóstica con numerosos evangelios apócrifos, comprendemos mucho mejor el gnosticismo cristiano y, en definitiva, El Evangelio de Judas no aporta nada nuevo al pensamiento de este movimiento esotérico.
Su éxito meteórico, perfectamente orquestado por National Geographic, que adquirió los derechos mundiales, se debe sin duda a su extraordinario título: «El Evangelio de Judas». Una combinación de palabras impactante, impensable y subversiva. La idea de que aquel a quien los cuatro Evangelios canónicos y la tradición cristiana han presentado durante dos mil años como «el traidor», «el malvado», «el secuaz de Satanás» que vendió a Jesús por un puñado de plata, pudiera haber escrito un evangelio es fascinante. El hecho de que quisiera contar su versión de los hechos para intentar eliminar el estigma que pesaba sobre él es también maravillosamente convincente, al igual que el hecho de que este evangelio perdido fuera redescubierto tras tantos siglos de olvido.
En resumen, incluso sin conocer el contenido de este pequeño libro, resulta imposible no sentirse fascinado por semejante título. Esto cobra aún más relevancia, como demostró claramente el éxito de El Código Da Vinci, dado que nuestra época pone en duda la versión oficial de las instituciones religiosas sobre los orígenes del cristianismo, y que la figura de Judas, al igual que la de la larga lista de víctimas o adversarios derrotados de la Iglesia Católica, está siendo reivindicada por el arte y la literatura contemporáneos. Judas es un héroe moderno, un hombre conmovedor y sincero, un amigo decepcionado que, en última instancia, fue instrumento de la voluntad divina. ¿Cómo habría podido Cristo llevar a cabo su obra de salvación universal si no hubiera sido traicionado por este desafortunado hombre? El Evangelio atribuido a Judas intenta resolver esta paradoja al afirmar explícitamente Jesús que Judas es el más grande de los apóstoles, pues es él quien permitirá su muerte: «¡Pero tú los superarás a todos! Porque sacrificarás al hombre que me sirve de instrumento» (56). Esta afirmación resume acertadamente el pensamiento gnóstico: el mundo, la materia y el cuerpo son obra de un dios maligno (el de los judíos y el Antiguo Testamento); el objetivo de la vida espiritual consiste, mediante una iniciación secreta, en capacitar a los pocos elegidos que poseen un alma divina inmortal, emanada del Dios bueno e incognoscible, para liberarla de la prisión de su cuerpo. Resulta bastante curioso observar que nuestros contemporáneos, tan tolerantes, más bien materialistas y que critican al cristianismo por su desprecio hacia la carne, se enamoren de un texto de un movimiento que fue condenado en su tiempo por las autoridades eclesiásticas por su sectarismo y porque consideraba el universo material y el cuerpo físico como una abominación.
1. El Evangelio de Judas, traducción y comentario de R. Kasser, M. Meyer y G. Wurst, Flammarion, 2006, 221 págs., 15 €.
2. Véase Le Monde des Religions, n.º 18.